Ángel Rama y el Modernismo en un proceso

de transmutación

De lo real, en un código poético que

Busca el deseo de renovación de la expresión.

 

 

"Lo que se ha llamado modernismo

en literatura, no es otra cosa que,

lo que en política se llama liberalismo" "Rama"

 

       Con el nombre de modernismo se conoce en la historia literaria y cultural al el movimiento que a fines del siglo XIX se desarrolló a todas las manifestaciones literarias de la cultura ilustrada del mundo hispanoamericano. Si bien sus inicios están aún muy arraigados a las formas estéticas e ideológicas del romanticismo (el Arte y la Belleza se postulan como valores supremos y absolutos, rechazando el utilitarismo; el artista es postulado como un valor humano autónomo, ajeno a la docilidad del burgués experto), es sobre esa base que se instalan las manifestaciones más contundentes de una renovación que se proyecta sobre todos los aspectos de la vida cultural.

         Uno de los propulsores de una renovación literaria, representado especialmente por Rubén Darío, reivindica el nombre de "modernismo" para identificar su propuesta de un arte que responda a las demandas y condiciones de los tiempos modernos. Desde su perspectiva, el término adquiere un sentido agresivamente polémico y positivo, sentido que termina imponiéndose, al imponerse sus ideas, que buscaban rescatar una dimensión universal cosmopolita del arte, articulándolo a las condiciones del mundo moderno y poniéndolo en diálogo con las expresiones que se consideraban más actuales de la cultura europea.

          Por ello es que puede considerarse, que el modernismo excede los límites de una escuela poética, en el sentido convencional, para convertirse en un verdadero movimiento cultural que progresivamente va impregnando diferentes manifestaciones de la vida social; hay una figura de poeta modernista, una retórica particular, una prosa periodística que no escatima la belleza verbal y, en fin, una suerte de moda que impregnó algunos comportamientos sociales de las burguesías latinoamericanas, que se estaban consolidando en el fin del Siglo y que marcó su gusto por el lujo, lo exótico, los interiores barrocos, la rareza.  

            Esta modernización, que significa el ingreso de América Latina a los grandes mercados de la civilización industrial, es el marco en el que surge y se desarrolla el movimiento literario que se conoce como modernismo hispanoamericano. Hay consenso entre los historiadores, tanto de la vida económica, política y social como de la literatura, para establecer que este período se ubica aproximadamente entre 1880 y el segundo decenio del siglo XX.  Considerado este período histórico, se puede establecer que en su etapa consolidativa  a partir de 1880, aproximadamente, y hasta el término de la Primera Guerra Mundial se desarrolla en el mundo de las letras hispanoamericanas lo que se conoce como el movimiento modernista en su expresión más plena y progresiva. El modernismo literario, por consiguiente, habría que verlo como un movimiento estético ideológico que se articula al proceso de incorporación de América Latina al sistema de la civilización industrial de Occidente, al capitalismo.

           Es evidente mencionar que, en Latinoamérica, tal como ocurrió en Europa, los procesos de la modernización se vivieron a la par con los de expansión del capitalismo y del sistema de valores de la sociedad burguesa. La instauración del capitalismo, de este modo, se dio no sólo en el ámbito de la economía, sino como una cosmovisión que alcanzó a todas las esferas de la sociedad, afectándolas y provocando cambios culturales profundos. Así, en 1870 la mayoría de los países latinoamericanos habían logrado su independencia política, económicamente y pronto culturalmente entraban a gran velocidad en un nuevo sistema de dependencia, no tan evidente como el anterior, pero, por lo mismo más poderoso; el imperialismo capitalista.

        Ante la nueva situación marcada por los vertiginosos avances adscritos al proceso de modernización y su repercusión insospechada en los ámbitos de la vida cotidiana, América Latina se vio en la necesidad de incorporarse rápidamente al ritmo moderno, con su efervescente culto a lo nuevo. Este afán por lo original y novedoso afectó además al arte y la cultura; desde esta perspectiva puede ser entendido el surgimiento del modernismo, pues, éste consistió en la búsqueda de un estilo que resultara complejo al deseo de renovación de la expresión.

            No obstante, la llegada del capitalismo en América Latina generó un mercado de consumo dentro del cual las obras del poeta aparecieron sin valor, por no existir un mercado literario que las apreciara;  así, en el nuevo marco del utilitarismo el arte se volvió marginal, apareciendo como adorno o extravagancia en comparación con los valores de ascenso social y adquisición material. Por otro lado, la idea de la división del trabajo, propia de la mentalidad capitalista, se tradujo en especialización laboral, asunto que también tocó al arte.  

            Los poetas, como señala Rama, prefirieron o se vieron impelidos a alejarse de la política excepto en Cuba y en Puerto Rico, donde aún no se había producido la independencia respecto del dominio colonialista, al contrario de como había sido en la época de la Independencia, donde gran parte del arte y sobre todo el trabajo intelectual estaba supeditado a la causa que se defendía.  El alejamiento de los poetas de la esfera política los llevó a circunscribir su radio de acción al ámbito de las humanidades, dedicándose en algunos casos al periodismo, al derecho o a la docencia si no renunciaban definitivamente a su arte por no encontrar lugar para él, como fue el caso de José Asunción Silva, que se dedicó al comercio.

            Ángel Rama destaca que el periodismo y el auge de los periódicos fue un fenómeno netamente coincidente con lo que ocurría a nivel de las políticas económicas y culturales implantadas por el capitalismo. La fiebre por lo novedoso, el afán por la inmediatez de la información, aun en deterioro de toda calidad artística, fue un hecho que los modernistas debieron afrontar, y que, a juicio de Rama, en casos como el de Rubén Darío fue de manera exitosa  hacia 1893 era corresponsal del diario La Nación, dirigido por Bartolomé Mitre, dignificando la profesión gracias a una mirada estética elevada de la que carecían quienes no eran artistas.

            Los modernistas tenían conciencia de que su acercamiento a la esfera periodística aparecía como un buen medio para ganarse la vida; por otra parte, así conocieron por dentro el sistema burocrático y las adversidades de lo que se llamó el "vulgo municipal", logrando una mirada que, basada en el pragmatismo de la cotidianidad, se alzaba por sobre la banalidad de lo eventual, centrando sus objetivos en ideales mucho más altos. Respecto del quehacer artístico, como indica Rama, sucedió que ante la ausencia de mercado literario el artista modernista debió reaccionar con rapidez, pues si no se integraba a la dinámica del mercado su arte sucumbiría.

            Frente a la evidente marginación, Ángel Rama señala; que el artista reaccionó con un gesto de corte romántico, rechazando aquella sociedad que lo segregaba, pero reflexionando acerca de las nuevas posibilidades de libertad artística que se le abrían al no estar subordinado su arte a una función preestablecida. Asimismo se puede decir, que con la especialización el arte debió volverse sobre sí mismo por haber perdido todo valor utilitario, aumentando así la preocupación formal de los artistas, asunto que favoreció lo que luego sería la estética modernista en armonía con la estética de parnasianos y simbolistas.

            De ahí que se perfilara una personalidad de artista como genio rebelde y marginado, pero consciente de su momento, fue algo así como una "teoría literaria de un arte sin finalidad", y perfilándose la personalidad de un artista incomprendido, apartado de la sociedad burguesa. Surgió la literatura de artistas, que describía la penosa situación del arte y del artista en el sistema burgués. Los personajes que aparecen en esa literatura son artistas que niegan la sociedad y el tiempo en que viven en sintonía con la postura biográfica del poeta modernista: "detesto el tiempo en que me tocó vivir", decía Darío y buscan una utopía, la plenitud de la vida, mundos lejanos y pasados, en una visión nostálgica de lo que ya se fue, considerado como mejor. Como se ve, el vínculo que estableció el artista modernista con su entorno, fue conflictivo, producto de las similitudes y profundas diferencias que tenía con la sociedad burguesa; éste es un elemento más que muestra las contradicciones y tensiones a que se vio expuesto entonces el artista.

            Después de lo anterior expuesto, se puede decir que la escritura modernista respondió a una voluntad de estilo acomodada a la exigencia vital de utilizar la literatura, para engendrar una verdad reconocible, en un mundo en que se han perdido de vista los referentes tradicionales.  Al incluir expresiones del habla coloquial en el lenguaje poético, los modernistas pudieron renovar y abrir el camino para lo que después los llevaría ya al siglo XX.  Este procedimiento artístico fue llevado a su extremo con la Vanguardia.  La renovación de la lengua literaria también se relaciona con el hecho de que los modernistas fueron los primeros escritores profesionales de Hispanoamérica, ya que muchos de ellos trabajaron como periodistas. Difícilmente se puede pensar que esta labor constante sobre la lengua no haya sido una inclinación para en ellos. Es decir, también podemos pensar que el lenguaje periodístico fue como una de las varias y múltiples influencias en el lenguaje poético modernista. 

            A los efectos de este, los poetas modernistas fueron los primeros cosmopolitas. Por más que la calificación de "cosmopolita" haya pretendido ser monopolizada por la Vanguardia, los modernistas fueron los primeros en plegarse al deseo de la renovación de la expresión. La renovación, en este contexto, puede ser entendida como contradicción. Contradicción y heterogeneidad son, justamente, calificativos que encajan perfectamente en el contexto modernista. El sistema de versificación métrica castellana se renovó gracias al cuidadoso trabajo de los poetas modernistas sobre el cuidado del verso y del lenguaje poético. La controversia se instaló, según Rama, por la incorporación de los modos expresivos del pueblo americano.

            De allí, que un problema central para los escritores modernistas sea la necesidad de diferenciarse en una sociedad que ha puesto el valor del dinero y del éxito por sobre las viejas distinciones culturales. Por otra parte, en el plano discursivo, el "héroe pasivo" de la narrativa modernista corresponde cabalmente con la actitud del hablante lírico de la poesía del mismo período; ambos están directa o indirectamente marcados por un testimonio de la decadencia, que los lleva a concebir el arte y la poesía como únicos valores incorruptibles en el naufragio de la realidad social inmediata. Lo artístico como excusa y refugio de valores frente a una realidad en descomposición, poco a poco, sin embargo, devino en retórica y en un proceso de autoalimentación preservativa; si la Belleza no estaba en lo real, era en el Arte donde había que buscarla.

            En todo caso, en la base de la poética de los primeros momentos orgánicos del modernismo se encuentra esta postulación disociativa entre el mundo del arte, la poesía, la realidad y de lo cotidiano. Y esto llega a ser vivido o vivenciado casi como un rompimiento entre el hombre en cuanto ciudadano y el hombre en cuanto artista. En Darío, por lo menos, esto parece ser conscientemente asumido cuando declara; "Como hombre, he vivido en lo cotidiano; como poeta, no he claudicado nunca, pues siempre he tendido a la eternidad" ("Dilucidaciones" de El canto errante, 1907).

            Aparte de la actitud que determina, provisionalmente se puede denominar de "escapatoria" manifestada sobre todo en aspectos y preferencias de carácter temático, el modo característico como se registra en la poética del modernismo esta ruptura y esta actitud de rechazo a la realidad social, a "la vida y el tiempo en que le tocó nacer", se manifiesta en lo que Ángel Rama describe como un proceso de transmutación de lo real en un código poético que busca articularse a los universales arquetípicos del arte (Rubén Darío y el modernismo. (p. 111) Lo real podía tener presencia en el arte en la medida en que pudiera transmutarse y universalizarse mediante un código que permitía purificar y ennoblecer artísticamente cualquier referente.

            Para finalizar, el Modernismo es esencialmente literatura, culminación y crisis dramática. La concepción de la belleza y el arte contribuyeron a desarrollar la conciencia creciente de la literatura como una actividad autónoma, así como la idea de la profesionalización del escritor y su responsabilidad de dominio del oficio, conociéndolo a cabalidad, para perfeccionarlo y renovarlo.  El Modernismo, en general, y Rubén Darío, en particular, representan la autonomía poética de América Latina, la comprensión de un sistema literario, vale decir coherente, un público efectivo, productores especializados, y también la instauración de una tradición poética.

            Ante la aún vacilante existencia de ese mercado de lo literario, el escritor modernista se vio enfrentado a una forma de doble devaluación social, pues había ya dejado aquel poeta cívico de amplia participación e influencia en la vida política del país (Neoclasicismo y Romanticismo) y la sociedad parecía no tener demanda para sus nuevas producciones artísticas. Frente a este desafío, dice Rama, Darío comprendió profundamente que la respuesta adecuada era buscar alguna forma de especificidad de la labor y figura del escritor.

 

                                                                            Eneida M, Tesorero A

                                                           Lengua y Literatura   "IPRM" Cohorte A- 2007